6.7.14

Rebeca (1940), el fetichismo de Mrs Danvers por la ropa de Rebeca

La señora Danvers y su amor por las pieles y por Rebeca.

Rebeca no es una de mis pelis favoritas de Alfred Hitchcock por la sobreactuación de Joan Fontaine, un pelín inaguantable. De hecho, ella parece la loquita y no la impresionante señora Danvers, la criada interpretada magistralmente por Judith Anderson. Al parecer Laurence Olivier –Maxim, el señor de Winter, lord viudo y propietario de la mansión Manderley– hizo la vida imposible a la pobre Joan Fontaine –joven sencilla, la segunda señora de Winter, tras la susodicha Rebeca– porque hubiera preferido en el papel a su mujer, Vivien Leigh. Hitchcock lo aprovechó (retorcido como pocos) para hacerla creer que todo el mundo estaba en su contra. De ahí que la Fontaine se exceda en su retraimiento y candidez. Lo mejor, sin duda, es esta omnipresente criada con el pelo recogido en una trenza al estilo ruso, con largo vestido negro abotonado y camisa blanca debajo con camafeo, y esa verruga en la barbilla, que resaltaba cuando Hithcock iluminaba su mirada (las luces y sombras confieren a Manderley una apariencia de castillo embrujado). La primera película rodada en Estados Unidos por el inglés (en 1940), basada en la novela de Daphne du Maurier, estuvo nominada a 11 Oscar y se llevó el de mejor película y fotografía. Aquí comenzaría una larga relación de ocho años entre Hitchcock y David O. Zelznick. Ambos rechazaron una de las ideas de la novela: que el señor de Winter hubiese matado a su esposa, de ahí que en el filme sea todo un accidente.

El armario de la lencería hecha por las monjas, para compensar.
"Anoche soñé que había vuelto a Manderley" arranca la película que se transforma realmente en un flashback. Conocido es que en España se comenzó a llamar "rebeca" a la chaquetita con la que aparece Joan Fontaine, aunque ni ella sea Rebeca ni ésta aparezca en la película. Para mí, la escena que mejor define la relación ambigua entre la señora de Winter y su criada es la que transcurre en la que fuera la habitación de la fallecida Rebeca, que se mantiene tal y como está. También me gusta porque es de las pocas escenas con cierta ironía, ausente, como el humor, característico del director, en este filme (una pena). La señora Danvers se pasea por allí como si fuera su casa, le enseña el vestidor a la nueva señora, los lujosos conjuntos de Rebeca, la mayoría regalos del señor de Winter. Cuando le muestra un extraordinario abrigo de piel, la señora Manvers se pasa la manga por la mejilla y después por la de la nueva señora de Winter que no sabe dónde meterse. "Todo se conserva como a ella le gustaba, mire qué suave", le dice. La secuencia nos muestra de forma ambigua, pero ahí está, la lealtad de esta extraña mujer hacia su señora, y, sí, su amor lunático por ella. Una lesbiana encerrada en una mansión, como el vampiro Nosferatu, una fetichista consumada.

Mire qué salto de cama, cómo transparenta, omá!
No contenta con restregarle el abrigo por la cara, la criada abre el armario de la ropa interior de la difunta. Por un momento piensas si sacará sus bragas, pero no, la cosa se torna más decorosa cuando añade que toda esa lencería fue confeccionada para ella por "las monjas del convento de Santa Clara". Me imagino a Hitchcock frotándose las manos, es de una ambiguedad deliciosa. La señora Danvers desvestía cada noche a Rebeca, era su doncella, "todo el mundo la quiere, conoce a personas importantes", así se sentía más cerca de ella. Después de bañarse, se sentaba en el tocador donde ella la peinaba "durante 20 minutos". Sólo hay que sumar uno más uno para darse cuenta de que esta criada podría haber inspirado a la O'Brien de Downton Abbey. Pero el momento culminante es cuando agarra el almohadón, bordado por ella, lo abre y saca de él un salto de cama. "¿Ha visto algo más delicado?", le dice, pícara, porque seguidamente le muestra las transparencias del camisón comentando: "Mire cómo se ve mi mano"... Qué chunga. La otra que es una mojigata sale corriendo escandalizada.

Aunque no lo parezca Laurence Olivier hizo la vida imposible a Joan Fontaine.
Cuatro años después, George Cukor estrenó Luz que agoniza (1944), que puede recordar a la peli de Hitchcock y en la que Angela Lansbury parece un clon de Kiernan Shipka (Mad Men).

El guiño al consabido periódico/revista de las películas de Hitchcock se encuentra al comienzo, cuando la futura señora de Winter está aún en Montecarlo y sostiene un periódico sobre sus rodillas mientras toma el café con la señora Van Hopper, a la que, entendemos, le ha estado leyendo las noticias del día. En ese momento, el señor de Winter se une a ellas, coincidiendo por segunda vez con su futura mujer. 


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